martes, 24 de enero de 2012

COLUMNA

Cosmos

Héctor Contreras Organista


Hace años, muchos años, cuando no se hablaba todavía de la capa de Ozono como tampoco del cambio climático y el deshielo de los Polos, había ya periodistas, poetas, profesores, estudiantes, amas de casa, niños amantes de la naturaleza que se dolían porque un árbol era derribado.
Chilpancingo fue escenario de un crimen horrendo cuando a la pequeña población de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado llegaban carros y carros trayendo en sus plataformas gigantescos trozos de árboles cercenados en los bosques de la Sierra Madre del Sur.
Es cierto, hubo mucho trabajo para cientos de familias que vinieron de Michoacán y del estado de México a trabajar en los aserraderos guerrerenses cuando el oficio de cortar, aserrar y transportar árboles lo habían aprendido en sus lugares de origen.
Al terminar con los bosques de aquellos lugares siguieron con los de Guerrero, enriqueciendo a unos cuantos empresarios pero desgraciando para cientos de años nuestros bosques y en consecuencia, cambiando el clima de Guerrero, dañando la atmósfera, los suelos, los ríos ahuyentando las lluvias y desgraciando el ecosistema.
Dicen que el Barón de Humboldt, a su paso por Chilpancingo expresó que nuestra población tenía en ese entonces ¡El Mejor Clima del Mundo!, qué bueno que así fue, pero, ¿de dónde provenía ese clima tan agradable que llegó a sorprender a don Alexander Von Humboldt? Indudablemente que de la exuberante vegetación, de la prodigiosa madre naturaleza que sentó sus reales en estas tierras.
En 1952 la quemazón de una maderería en Chilpancingo, la Maderería de Reginaldo Sánchez no sólo constituyó un espectáculo dantesco que sorprendió al país, sino que fue una muestra del criminal almacenamiento de madera que tenía en la empresa, cuyos terrenos partían desde donde hoy se localiza el hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) hasta donde está la plaza “Unidos por Guerrero”.
No podemos imaginar cuánta madera se quemó, cuántos millones de pesos se convirtieron en ceniza en un incendio que duró alrededor de quince días y que hubo necesidad que acudieran a intentar sofocarlo  cuerpos de Bomberos de Cuernavaca, Iguala, Acapulco, Distrito Federal y se creara uno aquí, con don Manuel Vega y don Raúl Acevedo (“El Chapeado”) al frente, y de ahí nació el nombre del cuartel de bombero local, “Evodio Alarcón” que fue el Coronel que vino a entregarse por completo a apagar el incendio, y en gratitud, el profesor Arturo Cervantes Delgado le impuso su nombre a la corporación tragahumo de Chilpancingo.
Muchas familias de Michoacán y EdoMex se quedaron aquí, formaron las primeras colonias de Chilpancingo. Los hijos estudiaron, se prepararon y trabajaron ya como chilpancingueños en diferentes actividades. Llegaron a la prosperidad y hoy forman parte importante del tejido social de la capital guerrerense, muchos son abuelos, los viejos murieron pero hubo apellidos nuevos, venidos de otras tierras que vinieron a fortalecer socialmente a nuestra ciudad.
El poeta granadino Manuel Benítez Carrasco (1922-1999) escribió un valioso e interesante poema al árbol, que conservamos en nuestros archivos desde hace años, cuando comenzó la iniciativa de mirar hacia el bosque. En una siembra de arboles en “La Media Luna”, hermoso paraje cercano a Tixtla, se repartieron copias del poema y queremos compartirlos con nuestros amables lectores:

DICE EL ARBOL:
Yo soy tu amigo y te digo:
por favor, no me hagas daño.
mas si es necesario, sea,
pero sólo el necesario.

Nací para darte frutos,
Tal vez solamente pájaros,
sombra si la necesitas,
rumor si te gusta el cántico.
Algún día podré ser
la ventana de tu cuarto,
la mesa para tu pan,
tu mecedora, tu arado,
la ayuda de tu jornal,
el lecho de tu descanso.

Cuando cantas una nana
yo, de cuna estoy cantando;
a veces crujen mis ramas
para acompañar el cántico.

Tal vez si llegas a viejo,
me necesites de báculo:
y tal vez en los inviernos,
cuando haya nieve en el campo,
mis brasas le den calor
a los tuyos y a tus manos.

Y yo he de ser, aunque es triste
el tener que recordártelo,
el último compañero
que te llevará en sus brazos.

Siendo más fuerte que tú
y en completo desamparo
a los fríos del invierno
y a las lumbres del verano,
si me ofendes no te ofendo,
si me dañas no te daño;
al contrario: cuántas veces,
y esto que lo diga el sándalo,
el cuchillo que me hiere
lo devuelvo perfumado.

¿Qué necesitas mis frutos?
yo te los doy de buen grado;
¿Qué te hacen falta mis ramas?
Corta, por tanto, mis brazos.
¿Qué necesitas mi tronco?
No te apene derribarlo.
Para tu servicio crezco
Y para tu bien me abato.

A cambio sólo te pido:
por favor, no me hagas daño:
mas si es necesario, sea,
pero sólo el necesario.


¿Qué soy un estorbo? Piensa,
antes de darme el hachazo,
hasta qué punto es verdad
que puede estorbar un árbol.

¿Tienes que cortar dos ramas?
Por favor, no cortes cuatro.
Que, si el daño que me haces,
cuando es por tu bien no es daño,
y no sólo en paz lo acepto,
sino con placer lo paso,
el que me causas sin causa
ese sí que me hace daño.

Yo soy tu amigo y te digo:
por favor, no me hagas daño.
mas si es necesario, sea,
pero sólo el necesario.

El texto anterior fue impreso y obsequiado en la Dirección general de Educación Física y Actividades Cívicas, cuando fue dirigida por el Profesor Arturo Cervantes Delgado.


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