Melos y la crudeza del poder: lecciones política contemporánea



"𝘓𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘦𝘴 𝘮𝘢𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘥𝘢, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘦𝘴𝘵á𝘯 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘢 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘯𝘥𝘦𝘳 𝘥𝘦 𝘦𝘭𝘭𝘢". 𝗖𝗶𝗰𝗲𝗿ó𝗻

𝘼𝙧𝙖𝙘𝙚𝙡𝙞 𝘼𝙜𝙪𝙞𝙡𝙖𝙧 𝙎𝙖𝙡𝙜𝙖𝙙𝙤.CHILPANCINGO, GRO., 14 de Enero de 2026.--El relato de Tucídides sobre el Diálogo de los Melios es uno de los pasajes más incómodos de la historia política. Atenas, en el año 416 A.C., dejó claro que la justicia solo existe entre iguales y que, cuando hay desequilibrio de poder, la moral se convierte en un recurso inútil. Melos, una pequeña isla que confió en la neutralidad y en la protección del derecho, terminó destruida: sus hombres ejecutados, sus mujeres y niños esclavizados. La lección es brutal y directa: el poder no se detiene ante argumentos morales.
El episodio no es una anécdota antigua, sino una advertencia vigente. Nos recuerda que el mundo no funciona como deseamos, sino como permite la correlación de fuerzas. Las instituciones, el derecho internacional y los valores compartidos tienen sentido únicamente cuando existe equilibrio. Sin él, se convierten en consuelo retórico
El poder real no pide permiso: impone, compra, presiona, captura, fuerza. Y luego, con desdén, lanza la pregunta que desnuda la impotencia del débil: “¿Y tú qué vas a hacer?”.
El paralelismo con la actualidad es evidente. En la política internacional, los Estados que confían únicamente en la moral o en la diplomacia, sin construir poder real, repiten el error de Melos.
El Diálogo de los Melios, narrado por Tucídides, no es solo un episodio de la Guerra del Peloponeso, sino una metáfora que sigue resonando en la política internacional actual. La pequeña isla de Melos creyó que su neutralidad y su apelación a la justicia bastarían para detener la fuerza de Atenas. Confió en que la moral y el derecho serían escudos suficientes, y esperó la llegada de un aliado que nunca apareció. El resultado fue devastador: la isla fue arrasada, sus hombres ejecutados y sus mujeres y niños esclavizados. La lección es brutal y persistente: la moral sin poder no protege.
En el presente, el paralelismo es evidente. Los Estados que confían únicamente en la diplomacia, en la corrección moral o en la prudencia económica, sin construir poder real, repiten el error de Melos. México, frente a la posibilidad de una intervención militar estadounidense bajo el argumento de combatir a los cárteles, parece apostar a que la justicia internacional, la racionalidad económica o la diplomacia bastarán para frenar unas botas extranjeras en su territorio. Pero la historia enseña que esa confianza es ingenua: esperar a “Esparta”, es decir, a un aliado que nunca llega, es una estrategia fallida.
Por eso, hablar de democracia sin hablar de contrapesos es una contradicción. La democracia no es únicamente el derecho a votar, sino la garantía de que el poder elegido estará vigilado, limitado y obligado a rendir cuentas. La república, en su sentido más profundo, es la promesa de que nadie está por encima de la ley, ni siquiera quienes la escriben.
Idealizar el poder es ingenuidad; limitarlo es responsabilidad democrática. La verdadera fortaleza de una sociedad no se mide por la concentración de poder en manos de unos pocos, sino por la capacidad colectiva de impedir que ese poder se convierta en tiranía. Allí donde los contrapesos se debilitan, lo que queda es la imposición y la humillación; allí donde se fortalecen, florece la libertad y la dignidad ciudadana.
El Diálogo de los Melios es mucho más que un episodio histórico narrado por Tucídides: es una advertencia permanente sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la justicia cuando no existe equilibrio de fuerzas. Atenas dejó claro que la política no se mueve por ideales abstractos, sino por la capacidad de imponer decisiones. La célebre frase “los fuertes hacen lo que pueden; los débiles sufren lo que deben” sintetiza la crudeza de la política real y nos obliga a reflexionar sobre la vigencia de esta lógica en el presente.
Ignorar esta realidad nunca ha sido una política sensata. Los pueblos y Estados que confían únicamente en la moral, en la diplomacia o en instituciones debilitadas, sin construir poder real, repiten el error de Melos: creer que la neutralidad o el derecho bastan para protegerlos. La historia demuestra que la justicia sólo tiene eficacia cuando está respaldada por capacidad de acción. De lo contrario, se convierte en un discurso vacío, en un consuelo retórico que no detiene la fuerza ni evita la humillación.
La lección crítica es que no se trata de resignarse ante la ley del más fuerte, sino de comprender que la moral, para ser efectiva, necesita sostenerse en estructuras de poder y contrapesos. La democracia y la república existen precisamente para limitar al poder, no para idealizarlo. En el plano internacional, la estrategia sensata consiste en equilibrar fuerzas, construir alianzas, fortalecer instituciones y desarrollar capacidades que permitan resistir la imposición.
En definitiva, el Diálogo de los Melios nos recuerda que la política no es un terreno de ingenuidad, sino de cálculo y previsión. La moral sin poder es insuficiente, pero el poder sin moral conduce a la barbarie. La verdadera estrategia está en articular ambos elementos: reconocer la crudeza del poder, pero al mismo tiempo dotarlo de límites éticos e institucionales que eviten que la fuerza se convierta en destrucción. Solo así la justicia deja de ser un ideal vacío y se transforma en una práctica real y sostenible.
 "𝘓𝘢 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢 𝘴𝘪𝘯 𝘫𝘶𝘴𝘵𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘴 𝘵𝘪𝘳𝘢𝘯í𝘢, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘭𝘢 𝘫𝘶𝘴𝘵𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘴𝘪𝘯 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢 𝘦𝘴 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘵𝘦𝘯𝘵𝘦". 𝘽𝙡𝙖𝙞𝙨𝙚 𝙋𝙖𝙨𝙘𝙖𝙡

*𝘼𝙧𝙖𝙘𝙚𝙡𝙞 𝘼𝙜𝙪𝙞𝙡𝙖𝙧 𝙎𝙖𝙡𝙜𝙖𝙙𝙤. Periodista

#𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘔𝘢𝘭𝘺𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘈𝘪𝘳𝘗𝘦𝘰𝘳.

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