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Por fuera  luce como búnker blanco impecable el hospital general “Raymundo Abarca Alarcón”, pero por dentro la corrupción, fetidez de sanitarios cerrados y descompuestos, en la que brilla la ausencia de los servicios de mantenimiento, hasta ahí llegó uno de los nietos del prócer que lleva el nombre del nosocomio, pero su comportamiento con el personal médico y enfermería fue de un verdadero pelafustán. (Leer PoliCrónica).

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