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Josรฉ Luis Camba Arriola | Sociรณlogo, Politรณlogo y Abogado


CIUDAD DE Mร‰XICO, a 03 de marzo de 2026.--LPara pilotar un aviรณn comercial con doscientos pasajeros se exige, ademรกs de miles de horas de vuelo, una evaluaciรณn psicolรณgica periรณdica que acredite que el piloto posee el juicio, la estabilidad emocional y el contacto con la realidad necesarios para no poner en riesgo vidas ajenas. Lo mismo se exige a controladores aรฉreos, operadores de centrales nucleares y astronautas. Nadie considera que estos requisitos atenten contra sus derechos laborales. Son, simplemente, condiciones razonables para ejercer una responsabilidad extraordinaria.
Ahora considere esto: un presidente, un primer ministro, un jefe de Estado tiene bajo su responsabilidad no doscientas vidas, sino millones. Sus decisiones pueden desencadenar guerras, agravar pandemias, destruir economรญas o vulnerar los derechos fundamentales de poblaciones enteras. Y sin embargo, no existe en ninguna democracia del mundo un mecanismo que exija a quienes aspiran a gobernar demostrar que poseen las capacidades cognitivas y psicolรณgicas mรญnimas para hacerlo. Ni uno solo.
Esta no es una omisiรณn menor. Es el รกngulo muerto mรกs peligroso de nuestras democracias.
El poder enferma
David Owen, neurรณlogo, psiquiatra y exsecretario de Relaciones Exteriores britรกnico, dedicรณ dรฉcadas a estudiar lo que denominรณ el «sรญndrome de hibris»: un patrรณn clรญnicamente reconocible que aparece en lรญderes polรญticos tras el ejercicio prolongado del poder. Grandiosidad progresiva, desprecio por el consejo externo, confianza excesiva en el propio juicio, pรฉrdida de contacto con la realidad ordinaria. Owen documentรณ estos cambios en lรญderes tan diversos como Tony Blair, George W. Bush y Margaret Thatcher.
Dacher Keltner, psicรณlogo de Berkeley, aportรณ la evidencia neurocientรญfica: el poder sostenido reduce la empatรญa, incrementa la impulsividad y genera patrones de conducta que replican, literalmente, rasgos de daรฑo cerebral en la corteza prefrontal. El poder, en otras palabras, puede producir en quien lo ejerce los mismos efectos que una lesiรณn en la parte del cerebro responsable del juicio y el autocontrol.
El caso histรณrico mรกs ilustrativo es quizรก el de Enrique VIII de Inglaterra. Antes de sufrir un traumatismo craneoencefรกlico grave en una justa en enero de 1536, era un gobernante razonablemente funcional. Despuรฉs, se transformรณ en un tirano errรกtico, paranoico y cruel. Los historiadores clรญnicos han identificado un cuadro compatible con lo que hoy llamamos encefalopatรญa traumรกtica crรณnica. Las consecuencias las pagรณ Inglaterra durante dรฉcadas. Si hubiera existido un mecanismo de evaluaciรณn, el cambio habrรญa sido detectable.
No es un espectro difuso: hay consenso clรญnico
Una objeciรณn frecuente es que no sabemos quรฉ significa «aptitud mental para gobernar». Pero no necesitamos saberlo. No necesitamos un consenso clรญnico sobre quรฉ hace a un buen gobernante —esa es una cuestiรณn polรญtica—. Lo que sรญ existe, y con solidez, es un consenso clรญnico sobre quรฉ trastornos comprometen gravemente el juicio, el control de impulsos, la empatรญa cognitiva y el contacto con la realidad. Ese consenso estรก codificado en el DSM-5, el manual de la Asociaciรณn Americana de Psiquiatrรญa, y en la CIE-11 de la Organizaciรณn Mundial de la Salud, con criterios operacionales explรญcitos y validados internacionalmente.
El trastorno antisocial de la personalidad implica una indiferencia estructural hacia el daรฑo ajeno. Los trastornos neurocognitivos mayores erosionan la capacidad misma de razonar. Los trastornos psicรณticos distorsionan la percepciรณn de la realidad. Las formas graves del narcisismo convierten al gobernante en alguien incapaz de recibir informaciรณn que contradiga su autoimagen. Ninguno de estos diagnรณsticos es caprichoso ni culturalmente arbitrario.
Y no, la depresiรณn de Lincoln o la de Churchill no son argumentos en contra. La depresiรณn es tratable y no compromete necesariamente el juicio ejecutivo. Usar estos casos como argumento contra las evaluaciones es una trampa retรณrica: se escoge la condiciรณn mรกs benigna del espectro para sugerir que cualquier filtro serรญa injusto. Lo grave no es la depresiรณn. Lo grave es la sociopatรญa gobernando, la demencia decidiendo, la megalomanรญa con acceso al botรณn nuclear.
La falacia del derecho a ser votado
«Pero eso atentarรญa contra el derecho de todos a ser votados.» Esta es la objeciรณn mรกs repetida y, paradรณjicamente, la mรกs dรฉbil. Ningรบn derecho fundamental es absoluto. Ya exigimos edad mรญnima, nacionalidad y, en muchos paรญses, ausencia de antecedentes penales para ser candidato. Nadie llama a esos requisitos «atentados contra el sufragio pasivo». Son condiciones razonables para una funciรณn de responsabilidad extraordinaria. La aptitud psicolรณgica mรญnima es, como mรญnimo, tan relevante como la edad o la nacionalidad.
Ademรกs, la propuesta mรกs sofisticada ni siquiera plantea excluir candidaturas. Plantea transparencia: que los resultados de la evaluaciรณn sean pรบblicos y que los electores —cada uno de ellos, individualmente— decidan quรฉ peso otorgarles. Del mismo modo que la transparencia patrimonial no prohรญbe que un candidato sea rico, pero permite saber quรฉ intereses podrรญan influir en su gestiรณn.
La pregunta incรณmoda
Piรฉnselo asรญ: si maรฑana descubriera que el piloto de su prรณximo vuelo no ha pasado ninguna evaluaciรณn psicolรณgica en su vida, probablemente no subirรญa al aviรณn. Pero aceptamos, sin pestaรฑear, que quienes toman decisiones que afectan a millones de personas —incluidas decisiones sobre guerra, pandemias y polรญtica nuclear— operen sin ningรบn control equivalente.
La pregunta incรณmoda no es por quรฉ deberรญamos implementar evaluaciones psicolรณgicas para gobernantes. La pregunta incรณmoda es por quรฉ hemos tardado tanto en planteรกrnoslo.

#๐˜๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜”๐˜ข๐˜ญ๐˜บ๐˜๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ˆ๐˜ช๐˜ณ๐˜—๐˜ฆ๐˜ฐ๐˜ณ.

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