Locas, unidas y orgullosas: activismo neurodivergentes


𝙇𝙪𝙞𝙨𝙖 𝘿𝙂 𝘾𝙖𝙨𝙩𝙚𝙡𝙖𝙯𝙤, 𝗗𝗮𝗻𝗶𝗲𝗹𝗮 𝗥𝗲𝘀é𝗻𝗱𝗶𝘇 𝗤𝘂𝗶𝗿𝗼𝘇 y 𝘿𝙞𝙖𝙣𝙖 𝙄𝙨𝙡𝙖𝙨.CIUDAD DE MÉXICO.– Lourdes Arellano recibió su diagnóstico de autismo a los 21 años. La noticia fue una respuesta tardía a toda una vida llena de preguntas, violencia y críticas que dañaron su autoestima. Lo que podría parecer una etiqueta limitante se ha convertido en una herramienta para transformar su vida.  
Como ella, miles de mujeres en México y en América Latina se enfrentan a un sistema clínico que las invisibiliza, las diagnostica erróneamente e incluso las infantiliza, dejando entrever una medicina diseñada por y para los hombres.  
En el marco del 8M, el colectivo Locas, unidas y orgullosas, integrado por mujeres neurodivergentes, reiteró sus exigencias por la igualdad y el reconocimiento de su discapacidad psicosocial, así como el fin del sesgo de género en la salud.  
Lo que comenzó en 2023 como un grupo de apenas 20 mujeres, hoy es una red de más de 150 activistas que marchan para expresar sus inconformidades y la estigmatización que sufren. 
La neurodivergencia es un concepto relativamente reciente, pues fue hasta 1998 que la socióloga australiana Judy Singer acuñó el término para referirse a la variación del funcionamiento cerebral de una persona, lo que se ha encasillado como una “anomalía”.  
Activistas contra la estigmatización. Foto: Especial.

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Las desigualdades comienzan desde los consultorios: varios de los trastornos que entran en el paraguas de la neurodiversidad se diagnostican con mayor facilidad en hombres que en mujeres.  
Por ejemplo, el autismo se diagnostica tres o cuatro veces más en el género masculino que en el femenino, demostrando un sesgo sexista significativo en la identificación y tratamiento, de acuerdo con la investigación Autismo en femenino: haciendo visible lo invisible, de Stefani Mardones Carvajal, por la Universidad de Palermo, Argentina. 
Asimismo, Mardones señaló que los instrumentos diagnósticos actuales, como la prueba ADOS-2 para autismo, fueron desarrollados basándose en casos masculinos, lo que reduce su sensibilidad para detectar rasgos en niñas y mujeres. 
Históricamente la medicina ha tomado el cuerpo masculino como la “norma”, catalogando cualquier diferencia femenina –aparte de las proporciones y funciones reproductivas– como “atípica” o “anormal”, de acuerdo con la escritora y activista Caroline Criado Pérez. 
Leticia Sosa, una de las fundadoras del colectivo neurodivergente, explicó a Proceso que las mujeres autistas suelen ser erróneamente diagnosticadas con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) debido a estigmas de género que sexualizan su comportamiento.  
“Para las mujeres es muy difícil llegar al diagnóstico, porque todo está basado en hombres, en niños. Una mujer adulta autista es una ecuación básicamente imposible para la medicina”, sostuvo Sosa.  
A esto se suma el fenómeno del masking o camuflaje social: la presión por "fingir ser normales" para ser aceptadas, lo que genera un agotamiento físico y emocional devastador y oculta los síntomas ante los ojos de especialistas, al grado de influir en la autopercepción de la mujer neurodivergente.
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“Esto también permite crear espacios que no son solamente en marzo, sino que tratamos de acompañarnos durante toda la vida, en momentos difíciles. Los grupos a veces sirven de desahogo y apoyo. Al ser un colectivo, no hay una cabeza que esté guiando, sino que nosotras mismas somos las que vamos autogestionando”, explicó Sosa. 
Rosalía, una mujer de 50 años que recibió su diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) a los 47, destacó que el colectivo es un espacio de acompañamiento y solidaridad en el que las divisiones sociales se difuminan: “Todas somos bien compas, sin fijarnos en cuántos años tenemos, de dónde venimos, nuestro estrato social”.   
Estos grupos de apoyo ayudan a que se reconozcan como agentes ante sus propios procesos de salud, subvirtiendo el rol pasivo de "objeto de estudio" de la psiquiatría tradicional, de acuerdo con el artículo “Antecedentes feministas de los grupos de apoyo mutuo en el movimiento loco”, de la Universidad Nacional de Lanús, Argentina.  
Diagnósticos sin sesgos de género. Foto: Especial.

“Al compartir la experiencia social de ser mujeres, se posicionan a sí mismas como sujetas de conocimiento ante sus propios procesos de malestar, generando formas colectivas de reparación frente a las estructuras patriarcales relacionadas con esos mismos procesos”, detalló el artículo.  
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Para el colectivo, la demanda central es el reconocimiento de sus derechos como mujeres neurodivergentes, en el que se aborden temáticas como diagnósticos tempranos sin sesgos de género y acceso universal a la salud con enfoque de interseccionalidad.  
En cuanto al ámbito laboral, donde la neurodivergencia enfrenta dificultades para ser comprendida, exigen la reducción de la jornada de 40 horas, así como la opción de trabajar desde casa, pues los entornos saturados pueden afectar sus condiciones sensoriales, permeando incluso en su productividad. 
Asimismo, el pliego petitorio del colectivo integra las investigaciones con perspectiva de género, para que los medicamentos sean probados en cuerpos femeninos y se eviten efectos secundarios hormonales no reportados. 
Entre otras de sus exigencias está la participación activa en la creación de políticas públicas para atender las necesidades de las mujeres neurodivergentes, el reconocimiento de la neurodiversidad como una discapacidad para garantizar los apoyos estructurales y la adecuación de espacios, en cuanto a sobreestimulaciones como la luz y el sonido.  
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Los protocolos contra la violencia también son un tema urgente para el colectivo. Nueve de cada 10 mujeres autistas han sido víctimas de violencia sexual, de acuerdo con los Institutos Nacionales de la Salud (NIH, por sus siglas en inglés).  
De acuerdo con Patricia Jiménez, la incomprensión y los comentarios dañinos  que reciben desde muy temprana edad llevan a que las mujeres neurodivergentes sean “personas vulnerables desde lo emocional”, con un mayor riesgo a verse envueltas en relaciones abusivas.  
"La autoestima en estas etapas tempranas de la vida se va volviendo nula. Entonces al ir buscando la aprobación social en estos espacios que no están diseñadas para nosotras, solemos caer en muchos vínculos abusivos, como parejas narcisistas, amigos abusadores víctimas de violencias de todo tipo”, expresó Jiménez.   
Esto, explica Lourdes Arellano, en el caso de las personas autistas, también se debe a la falta de redes de protección y a su forma tan literal de ver la vida.  
“Yo fui víctima de abuso sexual dos veces, la primera vez tenía siete años, la segunda vez tenía nueve y también viví una relación muy abusiva cuando tenía 16 años”, dijo en entrevista con Proceso.  
La violencia de género también puede detonar otro tipo de condiciones, como depresión, ansiedad o trastorno por estrés postraumático (TEPT). Estas problemáticas, que afectan directamente la salud mental, pueden llevar a intentos de suicidio, incluso a temprana edad. 
Apoyo mutuo. Foto: Especial.

“Toda la violencia me llevó a querer quitarme la vida. Y fue hasta los 21 años que recibí un diagnóstico de TDAH, y al año un diagnóstico de autismo”, compartió Arellano.  
Asimismo, Patricia agregó: “Nosotras en estos espacios en que somos más reales y sin máscaras, nos hemos vulnerado y he escuchado historias —y también las he dicho— de ‘mi primer intento de suicidio fue a los ocho años, a los nueve años’, y son datos muy impactantes, pero es la realidad para nosotras”. 
𝗗𝗜𝗔𝗚𝗡Ó𝗦𝗧𝗜𝗖𝗢 𝗧𝗘𝗠𝗣𝗥𝗔𝗡𝗢, 𝗛𝗢𝗬 𝗨𝗡 𝗣𝗥𝗜𝗩𝗜𝗟𝗘𝗚𝗜𝗢 𝗠Á𝗦 𝗤𝗨𝗘 𝗨𝗡 𝗗𝗘𝗥𝗘𝗖𝗛𝗢
Fabiola Lara, de 32 años, fue diagnosticada con TDAH en su infancia, cuando tenía cinco años, lo que ella considera un privilegio al compararlo con la realidad de miles de mujeres que recibieron sus valoraciones cuando ya eran adultas.
“Me llevan con el paidopsiquiatra, con un neurólogo a hacer un encefalograma. Yo estuve en terapia toda mi etapa escolar básica y media superior”. 
“No sabía, hasta hoy que estudio psicología, que muchas mujeres no tuvieron este privilegio de una valoración en la infancia. Sus diagnósticos han sido recientes, entre 25 a 40 años. A los 17 años el psiquiatra me da de alta, y cuando tienes un diagnóstico temprano puedes llevar una vida funcional, en la que no vas a batallar, o no tanto”, indicó.   
El caso de Lara refleja que la problemática de diagnósticos tardíos abarca varias aristas, entre ellas las posibilidades económicas y, por tanto, las dificultades de acceder a servicios de salud mental.  
Por ello, Locas, unidas y orgullosas se ha consolidado como un punto de encuentro donde diversas mujeres, provenientes de entornos y realidades distintas, convergen entre un espacio y una narrativa que les ayuda a entende la neurodivergencia como algo más que una particularidad, sino como una fuerza compartida para lidiar en un mundo que las suele invisibilizar e incomodar: 
“Nosotras hemos dicho que, por nuestros contextos, tal vez nunca habríamos sido amigas, de no ser por estos espacios. Mucha diferencia de edad, de clase social, de profesión, de lugar de nacimiento. Pero tenemos una misma lucha en común y por eso seguimos aquí, resistiendo año con año”, concluyó Patricia Jiménez.  (𝘱𝘳𝘰𝘤𝘦𝘴𝘰.𝘤𝘰𝘮.𝘮𝘹).

#𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘔𝘢𝘭𝘺𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘈𝘪𝘳𝘗𝘦𝘰𝘳.

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