Olas se rompen, el astro rey se desvanece, Nina libera tortugas
𝙆𝙖𝙧𝙡𝙖 𝙂𝙖𝙡𝙖𝙧𝙘𝙚 𝙎𝙤𝙨𝙖.TECOANAPA, GRO., 15 de marzo de 2026.- La tarde cae lenta en la bocana de Tecoanapa, en la Costa Chica de Guerrero.
El mar respira con un sonido constante y profundo mientras el sol comienza a perder fuerza sobre la arena.
Son las 6 de la tarde y el fin de semana largo avanza.
Nina camina con pasos pequeños y curiosos. Ella tiene tres años. Los cumplió en diciembre pasado.
Llegó unas horas antes con su mamá y con dos de sus tías a la ramada de Evelyn, uno de esos restaurantes de playa donde el tiempo parece moverse de otra manera, lejos de la velocidad de Acapulco, la ciudad más poblada de Guerrero.
Aquí, en cambio, el paisaje es otro en el mar abierto y sus olas que rompen haciendo vibrar la arena, el viento que trae historias de la Costa Chica, como aquella que cuenta sobre el submarino cargado con cocaína.
Nina no lo sabe todavía, pero esa tarde hará algo que muchas niñas y niños sólo pueden experimentar si pagan por ello en los campamentos tortugueros de la ciudad: liberar una cría de tortuga golfina, especie en peligro de extinción.
En Acapulco, esta experiencia suele tener un costo. Los guías certificados colocan a los pequeños quelonios en recipientes para que los visitantes los observen antes de llevarlos a la arena.
Pero aquí, en la desembocadura de la barra de Tecoanapa, la experiencia es distinta. Aquí ocurre de manera simple.
Una de sus tías toma a Nina de la mano. No es su tía consanguínea, pero la quiere como si lo fuera.
Nina es de esas niñas que tienen la fortuna de crecer rodeadas de mujeres que la acompañan, la cuidan y la enseñan.
En la arena, la pequeña tortuga se mueve torpemente. Fue hallada cuando buscaba el mar entre matorrales que rodean la ramada de Evelyn, pero era mediodía y merodeaban muchas aves, gaviotas, patos buzos y pelícanos, sus depredadores naturales.
La pequeña tortuga debía esperar a que el sol fuese menos intenso.
Mira, Nina – le digo-, no tiene patas, tiene aletas.
Le explico que las tortugas marinas están en peligro de extinción. Que por eso debemos protegerlas. Que no son peligrosas. Que son animales antiguos, que llevan millones de años cruzando los océanos y viven en el mar.
Le cuento también por qué se liberan al atardecer.
El sol fuerte puede desorientarlas, el calor de la arena puede debilitarlas; en cambio, la tarde las protege un poco más de los depredadores.
Sus aletas dejan una marca distinta en la arena. Una huella que parece un dibujo irregular entre las otras marcas que cruzan la playa. Pero cerca de esa huella, está la que han dejado diversas aves.
-¿Ves esas marcas? le pregunto, son de otros animales que podrían comérsela.
No sé si Nina entiende todo lo que intento explicarle.
Tal vez mañana no recuerde cada palabra, ni cada detalle de esta tarde frente al mar.
Pero para mí el momento queda grabado. Porque marzo tiene una carga especial. Mi abuela nació el 1 de marzo. El Día Internacional de la Mujer también se conmemora el 8 de marzo.
Y en pleno fin de semana largo, en marzo, Nina y yo liberamos una tortuga.
Mientras el diminuto quelonio avanza hacia el agua, pienso en las historias de las mujeres que nos precedieron.
En cómo se construye la memoria entre generaciones. Entre abuelas, madres, hijas. Entre mujeres.
¿Cómo se construye una memoria colectiva si no es a través de estas pequeñas lecciones? A través de los gestos cotidianos. De las palabras que se dicen mientras caminamos juntas por la arena. De las historias que nos cuentan las mujeres que nos formaron. No solo las que nos parieron.
También las que nos educaron, las que nos guiaron, las que nos enseñaron a tomar decisiones cuando la vida nos puso frente a caminos difíciles.
La mamá de Nina vino hasta esta parte de la Costa Chica porque aquí están sus raíces.
También vino porque está atravesando un proceso legal que hace algunos años hubiera sido casi impensable: exigir una pensión alimenticia para su hija. Hoy las leyes han cambiado, aunque las luchas de las mujeres son las mismas.
La perspectiva de género también ha llegado a los tribunales. Y aunque sabemos que Nina tendrá derecho a ese apoyo hasta que termine una carrera universitaria, si así decide seguir estudiando, cuenta con una madre fuerte que nunca la dejará sola.
Mientras tanto, la pequeña tortuga llega finalmente al agua. Una enorme ola la cubre y después desaparece.
No sabemos si regresará dentro de diez o quince años a esta misma playa para anidar.
Tampoco sabemos si sobrevivirá a los depredadores del mar o a los peligros que la esperan desde esta misma noche.
Tal vez viva décadas. Tal vez no sobreviva ni una semana. Eso no lo sabemos. Lo único que sé con certeza es que esta tarde es cuando Nina liberó una tortuga.
Porque alguien, alguna vez, también me enseñó a liberar tortugas.
Frente al mar de la Costa Chica de Guerrero, Nina liberó una tortuga y yo la acompañé. (𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘦𝘳𝘰.𝘲𝘶𝘢𝘥𝘳𝘢𝘵𝘪𝘯.𝘤𝘰𝘮.𝘮𝘹).
#𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘔𝘢𝘭𝘺𝘝𝘢𝘮𝘰𝘴𝘈𝘪𝘳𝘗𝘦𝘰𝘳.
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